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Thursday, September 8, 2016

baby pix

Hola.

Hace mucho que no escribo, y aquí estoy todavía, en una de estas noches lúcidas, llenas de fuego y penumbra mezcladas. Pienso en el diablo y en las bitácoras de toda la vida que pasa sin ser registrada. La vida que parecería aburrida y se reivindica en recuerdos, en la realidad absoluta que huele, que incluso sangra.

Flotan tantos años de recuerdos y de personajes, de anécdotas. Estaban guardadas, en pausa porque la esclavitud lo cubre, y lo roba todo. Es ahí también donde me doy cuenta de lo triste que es la ausencia de tantas voces.

Escucho las masacres de las sectas auto nutridas por su ignorancia. O más bien, la película que quería escribir. Eso, exacto. El tiempo libre porque ayer renuncié. Renuncié una de esas renuncias que son profesionales, cordiales, de puertas y ventanas abiertas, con los ex-clientes, ex-alumnos que encontraba en los pasillos preguntándome cuándo les daría clase de nuevo. Swapping baby pix.  Con la pequeña batalla en contra del pedante brasileño que me habla portugués en clase y no le entiendo ni madres, y al cuál le dije las cosas como son: groseras. verdaderas. frustrantes.

Renuncié del trabajo pero es de esos en los que haces compromisos y los cumples, y vale más el honor avisar que te vas de antemano, con un mes de anticipación como yo hice, que largarse sin decir nada.

Quizás esa sea la más nueva de las nuevas que pueda contar. No se puede confiar en nada ni en nadie. Ese es el peligro de toda esta apertura de almas y pieles. Nos contamos solo lo estrictamente necesario y no sabemos nada de nadie, a menos que los estemos tocando, metiendo nuestros dedos en sus hoyos. Y a veces —casi siempre— ni así.



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